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El lugar

 

 

 

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LOS CATORCE ROMANCES DE LOPE DE VEGA SOBRE LA PASIÓN

 

 

ROMANCE I

AL DESPRENDIMIENTO DE CRISTO Y LA VIRGEN

 

Los dos más tiernos esposos,
los dos más tiernos amantes,
los mejores Madre e Hijo,
porque son Cristo y su Madre.

 

Tiernamente se despiden,
tanto, que en solo mirarse,
parece que entre los dos
se está repartiendo el cáliz.

 

Hijos, le dice la Virgen:
¡ Ay ¡ ¡ Si pudiera excusarte
de esta llorosa partida
que las entrañas me parte!

 

A morir vais, hijo mío,
por el hombre que criasteis,
que ofensas hechas a Dios,
sólo Dios las satisface.

 

No se dirá por el hombre:
quien tal hace que tal pague,
pues que vos pagáis por él
al precio de vuestra sangre.

 

Dejadme, dulce Jesús,
que mil veces os abrace,
porque me deis fortaleza
que a tantos dolores baste.

 

Para llevaros a Egipto
hubo quien me acompañase,
más para quedar sin Vos,
¿ Quién dejáis que me acompañe?

 

Aunque un Ángel me dejéis

no es posible consolarme,

que ausencia de un Hijo Dios

no puede suplicarla un Ángel.

 

Yo siento vuestros azotes

porque vuestra tierna carne,

como es hecha de la mía

hace también que me alcance.

 

Vuestra cruz llevo en los hombros,

no hay que pasar adelante,

que si a los vuestros aliento,

aunque soy vuestra, soy Madre.

 

Mirando Cristo a María

las lagrimas venerables,

a la emperatriz del cielo

responde palabras tales:

 

Dulcísima Madre mía

vos y Yo dolor tan grande

dos veces los padecemos,

que lo padecemos antes.

 

Con Vos quedo, aunque me voy

que no es posible apartarse

por muerte ni por ausencia

tan verdaderos amantes.

 

Yo siento más que mi muerte

al ver que el dolor os mate,

que el sentirlo y padecerlo

en mí son penas iguales.

 

Madre, yo voy a morir,

porque ya mi eterno Padre

tiene dada la sentencia

contra mí que soy su imagen.

 

Por el más errado esclavo

que ha visto el mundo, ni cabe,

quiere que muera su hijo,

obedecerle al amarle.

 

Para morir he nacido:

él ordenó que bajase

de sus entrañas paternas

a las vuestras virginales.

 

Con humildad y obediencia

hasta la muerte ha de hallarme;

la cruz me espera, Señora,

dios os consuele, abrazadme.

 

Contempla a Cristo y María,

alma, en tantas soledades,

que ella se quedó sin hijo,

y él que sin madre se parte.

 

Llega y dila, Virgen pura,

¿ queréis que yo os acompañe?

que si te quedas con ella

el cielo puede envidiarte.

 

 

ROMANCE II  

A LA ORACIÓN DEL HUERTO

 

Hincado está de rodillas

orando a su padre inmenso

el que a la diestra sentado

juzgará vivo y muertos.

 

Como ha de morir en monte,

en el monte está el Cordero,

para ver, pues vio la hostia,

el cáliz donde le ha puesto.

 

A las palabras que dice

las penas se enternecieran,

que apenas de Dios las penas

suelen hacer sentimiento.

 

De ver a Dios de rodillas

se está deshaciendo el cielo,

aún los rayos del padre

se alegran de verlo en medio.

 

Si dice que Dios su alma

tristeza está padeciendo,

¿cómo ha de haber cosa alegre

en la tierra ni en el cielo?.

 

Pues para verificarse

que era hombre verdadero,

fue menester que su carne

tuviese la muerte en medio.

 

Al fervor de la oración

sudó sangre todo el cuerpo,

que sus delicados poros

quedaron todos abiertos.

 

Aquel bálsamo precioso

cogió la tierra en el seno,

que como es madre del hombre

quiere guardar su remedio.

 

Echose en la tierra Cristo

dejando su rostro impreso,

que es de amantes dar retratos

cuando se está despidiendo.

 

Al padre vuelve la espalda

para que en sus hombros tiernos

den los rayos de tu ira,

no al suelo que está cubierto.

 

En fin, volviendo la cara,

de su mismo padre espejo,

movió el cielo con la voz

a lástima y a silencio.

 

Pase este cáliz de mí,

si es posible, Padre Eterno;

mas no se haga mi gusto,

tu voluntad obedezco.

 

Crecieron tanto las ansias

que fue menester que luego,

rompiendo un Ángel los aires,

bajase a darle consuelo.

 

¡ Ay, Jesús de mis entrañas ¡

cómo habéis llegado a tiempo

que os consuelen siendo Dios,

las criaturas que has hecho.

 

¿ A dónde estáis, Virgen pura,

que a falta vuestro los cielos

un ángel a Cristo envían ¿

llegad, consoladle presto.

 

Decidle: dulce Hijo mío,

cuando ayunaste vinieron,

mil ángeles a esforzaros

con soberano sustento.

 

Cuando naciste bajaron

dos mil ejércitos bellos;

y cuando vais a morir

uno sólo viene a veros.

 

Limpiadle Virgen piadosa,

la sangre con los cabellos;

que pues le deja su Padre,

vea a su madre a lo menos.

 

Id Vos con ella, alma mía,

entrad con ella en el huerto,

no sospechen que os quedáis

con el que viene a prenderlo.

 

Decidle: dulce Jesús,

aquí estoy al lado vuestro,

para padecer por Vos,

no para negaros luego.

 

Vámonos presos los dos,

pues vais por mi culpa preso;

cinco mil son los azotes,

muchos son, partir podemos.

 

 

ROMANCE III

A LOS AZOTES QUE DIERON A CRISTO NUESTRO SEÑOR

 

Mira, Juan, por la ventana

de la casa de aquel Juez

puesto en la columna Cristo,

su maestro y nuestro bien.

 

Las manos que al cielo hirieron

atadas con un cordel,

en una aldaba de hierro

que yerro del hombre fue.

 

Y porque a las espaldas

el mármol no alcanza bien,

tiene los brazos cruzados

para que sin cruz no esté.

 

Mira que vuelve el Cordero

la piedra en jaspe después,

pues con cinco mil azotes

le desollaron la piel.

 

Y que enternecido el mármol

cera se quiere volver,

pues es más blando que el hombre

estando Dios atado a él.

 

Razón el mármol tenía,

porque cuantos le ofendéis

mármoles sois en que azotan

a Cristo Santo otra vez.

 

Viendo, pues, el sacerdote

divino Melquisedech

cubierto de cardenales

de la cabeza a los pies.

 

Con tierno llanto le dice

su secretario fiel:

¿qué es aquesto, Jesús mío?

¡ay de los ojos que os ven ¡

 

De azucena os habéis vuelto

tan deshojado clavel,

que os olvidáis de ser Dios

para teneros en pie.

 

Pensé llamar vuestra madre

mas ¡ ay , Dios ¡ ¿ Cómo podré

dar a sus tierras entrañas

un cuchillo tan cruel?

 

Aunque de su fortaleza

no tengo yo que temer,

que si estáis vos en columna,

columna es ella también.

 

Porque vuestro eterno Padre

con su divino poder,

de tales columnas hizo

las puertas de Ezequiel.

 

¡ Qué bien hicisteis, Señor,

que fuese muerto José,

que con ser padre adoptivo

no hubiera fuerzas en él!.

 

De veros en un pesebre

lloró de amor en Belén,

¿qué hiciera si tales viera

vuestros años treinta y tres?

 

Gran maldad hizo el amigo

que cenó con Vos ayer,

pues todo el valor del cielo

dio por tan poco interés.

 

Los que ayudaros juraron

lo emplearon tan al revés,

que hasta los gallos que cantan

dicen que los falta fe.

 

Si en vuestro pecho dormí,

hacedme, Señor, merced,

que vele con él ahora

y me regalen con él.

 

Esto dijo Cristo a Juan;

almas, llorar y tened

lástima de ver que azotan

por los esclavos al Rey.

 

 

ROMANCE IV  

A LA CORONA DE ESPINAS

 

Coronado está el Cordero

no de perlas ni zafiros,

ni de claveles y flores,

sino de juncos marinos.

 

Su santísimo cerebro

le traspasan atrevido

frutos que no dio la tierra

desde que Dios los maldijo.

 

Mas lo que causa dolor

es ver que se hayan subido

desde las plantas de Adán

a la cabeza de Cristo.

 

De zarzas está cercado

aquel soberano trigo

que el espíritu de Dios

sembró en campo virgíneo.

 

Entre las espinas verdes

para mayor sacrificio,

el cordero de Abraham

está esperando el cuchillo.

 

Ya las hijas de Sión

al Rey Salomón han visto

en el día de sus bodas

coronado de jacintos.

 

¡ Ay ! divino Dios de amor,

Cupido, y harto escupido

de aquellas infames bocas

más fieras que basiliscos.

 

Venda os ponen en los ojos

que quiere Dios infinito,

que seas Jesús vendado,

pues fuiste Jesús vendido.

 

Para daros golpes fieros

os cubren, porque imagino,

Que como sois tan hermoso,

no se atreven sin cubriros.

 

Los hombres, Señor, os ciegan,

que piensan que sus delitos

los verá quien siendo Dios

ve los pensamientos mismos.

 

Para daros bofetadas

el hombre os hace adivino,

pues dicen que adivinéis

las manos que os han herido.

 

Yo he sido, dulce Jesús,

yo he sido, dulce bien mío,

el que en Vos puso las manos

con mis locos desatinos.

 

Yo soy por quien arrancaron

esos cabellos benditos,

que diera el cielo por ellos

todos sus diamantes ricos.

 

Si los viera, ¡Jesús mío,

la Virgen que los peinó,

y con gusto regaló

arrancarlos y escupirlos!

 

Si ella viera maltratarlos

diera tan recios suspiros,

que los Ángeles lloraran

y temblara el cielo mismo.

 

Una vez se vio la Esposa

como las rosas y lirios

a sus puertas como el alba

coronado de rocío.

 

¿Cómo llamareis ahora

al alma que está en sus vicios,

llena de sangre que corre

sobre esos ojos divinos?

 

Mirad, alma, que le sacan,

y que dice el pueblo a gritos:

Jesús muera,y Barrabás

viva en hurtos y homicidios.

 

No seas tan dura y fiera,

que entre tantos enemigos,

pida vida un ladrón

y que den muerte e Cristo.

 

 

ROMANCE V  

AL ECCE-HOMO

 

Pues el juez más lisonjero

que con su príncipe ha sido,

por interés de su gracia

y por no perder su oficio

 

En un balcón de su casa

azotado y escupido,

para que el pueblo le vea

puso al inocente Cristo.

 

Después de noche tan fiera

aparece el sol teñido

en sangre, y en vez de rayos

puntas de juncos marinos.

 

A las llagas de su cuerpo

pegado el rojo vestido,

que también se hiciera rojo

si fuera de blanco armiño.

 

Veis aquí, les dice, al hombre

a quien desde el cielo dijo,

con su voz el Padre Eterno:

este es mi Hijo querido.

 

Aquí le traigo enmendado:

oh, ¡qué extraño desatino,

querer enmendar a un Dios

tan bueno y tan infinito!.

 

Quita, quita, le responden

viejos, ancianos y niños;

muera, muera, muerte infame,

pues hijo de Dios se hizo.

 

Ay, Jesús, Hijo de Dios,

que ese nombre y apellido

no le tenéis Vos hurtado,

que sois igual a Dios mismo.

 

Virgen santa, decid Vos

lo que el ángel os ha dicho

de él, lo que los profetas

dijeron por tantos siglos.

 

Y que este preso, azotado

es aquel que cuado niño

le adoraron los tres Reyes

y Vos llevasteis a Egipto.

 

Abonadle, Virgen bella,

decid que de Dios es hijo,

que puesto que sois su madre

bien valéis para testigo.

 

Abonada sois, Señora,

todo el bien de Dios os vino;

Bienaventurada os llaman

Los que son, serán y han sido.

 

Decid vos que es el Cordero

Bautista aunque sois su primo,

que quien por verdades muere

bien merece ser creído.

 

Decid Ángeles hermosos,

¿es este el mismo que vimos

nacer del amor abrasado

aunque temblando de frío?.

 

Decid , Pedro, Juan y Diego,

que a su padre habéis oído

que es su hijo en el Tabor

si el miedo os deja decirlo.

 

Llegad presto, que dan voces

en aquel falso concilio

para que la vida muera

que es Dios sin fin ni principio.

 

Ay, Virgen, mirad que quitan

a un fiero ladrón los grillos,

y a Jesús ponen al cuello

la soga de mis delitos.

 

Paréceme que decís,

gloria de los ojos míos,

más quiero en el mundo un ladrón

que a mi Cordero divino.

 

Mientras le dan la sentencia

alma, como tristes suspiros;

decid a su Eterno Padre

que se duela de su hijo.

 

Señor, aquí está el esclavo,

que soy de la muerte digno,

pero está cerrado el cielo,

no querrá su Padre oíros.

 

Volved a la Virgen Sacra

y acompañad su martirio,

que también mata el dolor

donde no alcanza el cuchillo.

 

 

ROMANCE VI  

AL LLEVAR LA CRUZ A CUESTAS

 

La leña del sacrificio

lleva al obediente Isaac,

aunque no ha de bajar ángel

a detener a Abraham.

 

El puro y manso Jesús

que el Bautista en el Jordán

llamó Cordero de Dios,

se quiere sacrificar.

 

 

El que entre Moisés y Elías

vieron Diego, Pedro y Juan,

en la cumbre del Tabor

lleno de luz celestial.

 

Este mismo muere triste

no lejos de la ciudad;

porque juzguen que es ladrón,

entre los ladrones va.

 

Un madero lleva al hombro;

lugar en que han de pisar

el solo racimo fértil

de aquella vid virginal.

 

En su delicado cuello

lleva el Príncipe de Paz,

de dos pesadas columnas

su imperio y cetro real.

 

Al son de trompetas tristes

pregones injustos dan:

Esta es la justicia, dicen,

Pero no dicen verdad.

 

Si esta es la envidia dijeran,

bien pudiera acertar;

mas siempre se vale Edmundo

de la disculpa de Adán.

 

Dicen que el Cesar hurtaba

la romana majestad,

para hacerse rey quien era

Hijo de Dios natural.

 

Mucho le pesa la cruz,

Los pecados mucho más,

Con ellos ha dado en tierra,

Pues no los puede llevar.

 

Llevadlos, Jesús querido,

Que si vos no lleváis,

Esclavos seremos todos

del tirano Leviatán.

 

Cayó Cristo y por la frente

Con el golpe desigual,

Se le entraron las espinas

Lo que faltaban entrar.

 

Cogote el polvo los ojos

Si el sol se puede cegar,

La boca de sangre llena

Se estampó en un pedernal.

 

Suspira el manso Cordero

Y ayuda pidiendo está,

Y a fuerza de palos y golpes

Le vuelven a levantar.

 

Como tiraban la soga

Volviendo el cuerpo hacia atrás

Miró al cielo enternecido,

Pero viole sin piedad.

 

¡Ay, virginales entrañas,

los pasos apresurad,

con angélico decoro

si le queréis consolar!.

 

Para conocer su rostro,

desfigurado y mortal,

la imagen del Padre Eterno

con vuestras togas limpiad.

 

Abrazadle , Virgen santa,

porque si Vos le abrazáis

al regazo de esos pechos

consuelo el suyo tendrá.

 

Mas el descomedimiento

de esa gente desleal

atropellará furioso

vuestra santa honestidad.

 

Mejor es, alma, que vos

con vuestra cruz le sigáis,

porque quien tras el la lleva

ese le viene a ayudar.

 

Que si de vuestros pecados

el peso a la cruz quitáis,

haréis que ella pese menos

y Cristo camine más.

 

 

ROMANCE VII  

AL DESNUDARLE LA TÚNICA

 

En tanto que el hoyo cavan

adonde la cruz asientes

en que el Cordero levantan

figurado por la sierpe.

 

Aquella ropa inconsútil

que , de Nazaret ausente,

labró la hermosa María

después de su parto alegre.

 

De sus delicadas carnes

quitan con manos aleves

los camareros que tuvo

Cristo al tiempo de su muerte.

 

No bajan a desnudarle

los espíritus Celestes,

sino soldados que luego

sobre su ropa echan suertes.

 

Quitáronle la corona,

y se abrieron tantas fuentes,

que todo el cuerpo divino

cubrió la sangre que vierten.

 

Al despegarle la ropa

las heridas reverdecen,

pedazos de carne y sangre

salieron entre los pliegues.

 

Alma pegada a tus vicios,

si no puedes, o no quieres

de ellos pronto despegarte,

mirar esta ropa puedes.

 

A la sangrienta cabeza

la dura corona vuelven,

que para mayor dolor

le coronaron dos veces.

 

Asió la soga un soldado

tirando a Cristo de suerte

que donde va por su gusto

quieren que por fuerza llegue.

 

Dio Cristo en la Cruz de ojos,

arrojado de las gentes,

que primero que la abrace

quiere también que la bese.

 

Qué cama os está esperando,

mi Jesús, bien de mis bienes,

para que el cuerpo cansado

siquiera al morir se acueste.

 

Oh, que almohadas de rosas

las espinas os prometen,

¡ qué corredores dorados

los de esos falsos cueles!.

 

Dormid en ella, mi amor,

para que el hombre despierte,

aunque más dura os haga

que en Belén entre la nieve.

 

Que, en fin, aquella tendría,

abrigo a las paredes,

las toca de vuestra madre

y el heno de aquellos bueyes.

 

¡ Qué vergüenza le daría

al Cordero Santo al verse

siendo tan honesto y casto,

desnudo entre tanta gente!.

 

Ay , divina madre suya,

si ahora llegaseis a verle

en tan miserable estado,

¿ quién ha de haber que os consuele?.

 

Mirad, Reina de los Cielos,

si el mismo señor es este,

cuyas carnes parecían

de azucenas y claveles.

 

Mas, ay, madre de piedad,

que sobre la cruz le tienden

para tomar la medida

por donde los clavos entren.

 

¡ Oh, terrible desatino!

medir al inmenso quieren;

pero bien cabrá en la cruz

el que cupo en un pesebre.

 

Ya Jesús está de espaldas

y tantas penas padece,

que con ser la cruz tan dura,

ya por descanso la tiene.

 

Alma de bronce o de mármol,

mientras en tus vicios duermes

dura cama tiene Cristo;

¿no te despierta la muerte?.

 

 

ROMANCE VIII  

AL LEVANTARLE EN LA CRUZ

 

Vuestro esposo está en la cama

alma, siendo vos la enferma,

pasemos a visitarle

que dulcemente se queja.

 

En la cruz está Jesús,

a donde morir espera

el postrer sueño por vos;

bien será que estéis despierta.

 

Llegad y miradle echado,

enjugadle la cabeza

que el rocío de la noche

le ha dado sangre por perlas.

 

Mas cómo podrá dormir

que ya la mano siniestra

le clavó un fiero verdugo

nervios y ternillas suenan.