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Canicosa, al igual que otras Villas y
Ciudades, cuenta también con sus propias leyendas. Estas vienen
a relatarnos por tradición oral, de boca a boca, de padres a
hijos, durante siglos a veces, aspectos poco creíbles de
lugares, héroes y dioses. Sin embargo, a diferencia de las
mentiras, las leyendas nos cogen predispuestos, las más de las
veces, a aceptar a cierra ojos, sus fantasías. Con ello no se
hace mal a nadie y, por el contrario, el espíritu se siente
alimentado, una y otra vez, de los sueños más hermosos.
Situada en lo alto del pueblo, atenta
siempre en su atalaya de piedra, se halla enclavada la ermita de
Nuestra Señora del Carrascal. En el apogeo de nuestras Fiestas
Patronales la tradición nos arrastra a degustar el queso y el
vino bajo el cobijo fresco de su sombra y la de las encinas que,
acá y allá, salpican el paisaje. Esta ermita, respetada y
querida por todos, alberga en su interior a la Patrona de
nuestro pueblo, Nuestra Señora del Carrascal.
Tal vez convenga recordar, aquí y
ahora, para los más jóvenes, que la ermita del Carrascal tiene
su origen en una leyenda o, si se quiere, para quienes conservan
viva su fe, en uno de esos milagros que antaño, quien sabe por
que extraña razón, se producían con mucha más frecuencia que en
la actualidad.
Pero digámoslo de una vez: la leyenda
o el milagro relatan que, en tiempos de difícil memoria, un
pastor cualquiera de estos pagos advirtió, no sin notable
sobresalto, el volumen desmesurado que iba tomando el ganado que
transitaba por el Carrascal. Asimismo, con extrañeza e interés
crecientes, el mismo pastor pudo percatarse de como las vacas
que pastaban en aquel paraje, aumentaban de modo felizmente
alarmante, su diaria producción de leche.
No mucho tiempo después sobrevino la
leyenda, o el milagro, como explicación de los portentos
observados en los animales. Una imagen de la Virgen
inesperadamente, apareció sepultada en los aledaños del
Carrascal.
Hoy el pueblo la honra como patrona. y
ha de parecernos bien a todos que una Virgen, a quien el pueblo
erigió una ermita, siga siendo quien vele por los hijos y nietos
de quienes, hace ya tanto tiempo, vieron en ella un símbolo de
fecundidad y de abundancia.
Rodolfo Pascual Pascual
Agosto de 1993.

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